|
| Regresar a Artículos
|
¿Quién
tiene la razón y a quién Dios
escuchará?
Por
José M. Viera
Un
tiempo atrás me tocó vivir una interesante (pero
incómoda) experiencia, que me hizo recordar del popular
programa de televisión ¿Quién Tiene La Razón?
Dos hermanos en Cristo tuvieron un desacuerdo serio y a mí me
tocó el papel de ser árbitro. Cada uno expresaba su punto
de vista con tanta convicción, que era difícil entender
quién tenía la razón. Por supuesto, tuve que
depender de Dios para que me ayudara en este dilema de la
vida.
Antes de que existiera el
programa de televisión de Nancy Álvarez, hubo un drama de
la vida real que se desarrolló en las cortes del Rey
Salomón. Nos dice la Biblia (en 1 Reyes 3.16-28), que dos
rameras fueron a Salomón pidiendo que él les hiciera
justicia. Ambas mujeres vivían en la misma casa y habían
dado a luz un hijo cada una. Una noche, una de las mujeres
accidentalmente mató a su pequeño al acostarse encima de
él. Ella tomó al niño muerto y lo puso en la cama de
la otra mujer. Cambió su hijo muerto por el niño vivo de
la otra mujer.
Como
podrán imaginarse, el dilema de Salomón era bien grande.
¿Quién tenía la razón? ¿Quién era la
madre del niño vivo? ¿Y a quién le pertenecía
el niño muerto? Salomón no contaba con las maravillas de
la ciencia de hoy, como las pruebas del ADN. Prácticamente era
imposible para él determinar quién tenía la
razón. Sin embargo, Salomón acudió al Dios que
conoce todas las cosas. A ese Dios que sabe "quién tiene la
razón". Dios puso una idea formidable en su mente: Si las dos
mujeres se peleaban por el mismo niño, pues, que lo partan en
dos y cada una tendría una mitad del niño. ¿Qué
locura? La verdadera madre del niño ni iba a pensar en tal
locura, por lo tanto cedió sus derechos de madre a la otra
mujer. A la otra mujer (la impostora), le pareció formidable
la idea del Rey. En aquel momento el rey pudo entender, sin lugar a
dudas y sin el beneficio de una prueba de ADN, quién era la
verdadera madre del niño vivo. La verdadera madre del
niño preferiría ver a su hijo vivo, aunque estuviera en
unas manos ajenas. La impostora no le importaba el verdadero
bienestar del niño.
Tomando este caso de la
vida real, registrado en el libro de los Reyes, pude llegar a una
determinación en mi experiencia de "quién tiene la
razón". Escuché con mucha paciencia a estos dos hermanos
en Cristo que se herían con palabras. Ambos decían que
Dios estaba con ellos respaldando la decisión que ellos
habían tomado. Sin embargo, solamente uno tenía la
razón.
Uno
de ellos expresaba su deseo de obedecer la voz de Dios aunque sus
decisiones no fueran muy populares con los demás. El otro
expresaba que él iba a obtener lo que deseaba su corazón
porque la Biblia dice que "Él nos concederá los deseos de
nuestro corazón". En uno había humildad y el deseo de
someterse a Dios; y el otro, con arrogancia aseguraba que él
iba a obtener lo que quería, incluso que iba a orar y ayunar
para conseguir los deseos de su corazón. En su mente no
había otra alternativa sino esa. Le dije al segundo personaje
que admiraba su perseverancia, pero que teníamos que estar
seguros que nuestra perseverancia descanse en la perfecta voluntad
de Dios. Añadí: Dios es nuestro Alfarero, nosotros somos
sus vasijas. A veces Él no se agrada de algunas cosas y
actitudes en nuestra vida, y tiene romper la vasija, hacerla de
nuevo y moldearnos conforme a Su perfecto plan. Dios se agrada de
nuestra humildad y obediencia. Podemos orar y ayunar por algo, pero
si NO es la voluntad de Dios, vamos a perder el tiempo. Dios no se
conforma a nuestros planes o caprichos, tampoco se sujeta a
nuestras demandas o exigencias. Él se agrada del corazón
contrito y humillado (Salmos 51.17).
Todos oramos a Dios por
ciertas cosas. Algunas de nuestras oraciones podrán ser
contrarias a las que nuestros hermanos hacen a Dios. Y podemos
llegarnos a preguntar: ¿Quién tiene la razón y a
quién escuchará Dios? La razón la tiene Dios; y
Él escuchará a todo aquel que esté dispuesto a
someterse humildemente a Dios, sin ningún tipo de condiciones.
Esto es, un caso cerrado.
| Regresar a Artículos |
Principio De Ésta
Página |
|